Nada en la Maleta

Aprendiendo a vivir

Suelta las cadenas

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– ¿Cuántas veces he de soltar?

– Tantas como veces recojas

– Crear y destruir. Eso me dijeron. Supongo que eso es… vivir la experiencia y dejarla ir.

– Y soltar el compromiso.

– El compromiso… uno de los principales valores con los que crecí. Junto a la responsabilidad de cumplirlo.

– ¿Y qué supuso?

– Lealtad, respeto, confianza. Confiaban en mí, porque no fallaba nunca.

– Eso parece bueno.

– Y lo es… hasta cierto punto.

– ¿Cuál es ese punto?

– Aquel en el que aceptas responsabilidad que no te corresponde y tu compromiso con los demás queda por encima de tu respeto hacia ti.

– Ya hemos hablado de esto.

– Sí, es posible. Era importante. Hasta el punto de hacer cosas que no quería hacer porque me había comprometido previamente.

– Si era algo que no querías, ¿por qué te comprometiste en un inicio?

– No siempre he sabido lo que iba a suceder. Mi compromiso tenía la mejor intención, pero las cosas luego eran diferentes de como las habíamos imaginado.

– Lo sientes como una cadena

– Sí. Y no la quiero. Sé que es una sensación interna, que no es real, no hay obligación, pero hay un compromiso que ha generado unas expectativas. Y si no lo cumplo ya no volverán a confiar en mí.

– ¿Realmente será así? ¿es lo que haces tú cuando los demás te fallan?

– Creo que no, pero no me gusta que me traicionen. Me hace daño. Quizá por eso procuro no traicionar a nadie.

– ¿Te han traicionado mucho?

– Intento no crearme expectativas con los demás. Todo el mundo tiene derecho a cambiar, si es lo que desea. No lo consigo con todo ni con todos, pero lo intento.

– ¿Y contigo?

– Pues ahí está, que, aún así, yo no quería fallar. Los demás podían hacerlo, pero yo no. ¿Tiene esto algún sentido?

– Cuando sueltas lo que tienes agarrado, se pueden romper cosas

– Sí, y luego me toca arreglar los desperfectos, gestionar, ocuparme de que todo quede lo mejor posible. No me puedo desentender sin más. Me toca afrontar las consecuencias, porque el compromiso fue mío. Así que, para minimizar el daño, tengo que ocuparme de lo que ya no deseo ocuparme más. Al final, casi resulta más fácil cumplir con el compromiso que arreglar los pedazos.

– Es decir, que cuando son otros los que incumplen, tú te encargas de tu propia parte y, cuando eres tú, te encargas también de la suya, ¿no?

– Eso hacía. Porque solía estar en posiciones de gran responsabilidad. Era mi labor.

– ¿Ya no?

– Cada vez menos. Pero aún me cuesta pensar que haya venido a romper cosas.

– ¿A eso has venido?

– En parte, es lo que siento. A romper estructuras. Probablemente sólo mías, pero que, al final, veo reflejadas a mi alrededor. ¿No podríamos soltar sin romper?

– ¿Te refieres a la ruptura en sí o al sufrimiento por esa ruptura?

– A ambas. Y al sentimiento de pérdida, unas veces del esfuerzo que llevó construirlo y otras de la ilusión.

– Dices que ese es, en parte, tu papel. Dime, realmente, en tu interior, ¿qué sientes cuando rompes, cuando sueltas, cuando te desapegas?

– Libertad

– ¿Y no es suficiente?

– Lo es

– Entonces, suelta las cadenas

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