Nada en la Maleta

Aprendiendo a vivir

Lo que siempre estuvo ahí

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Hay momentos en que está tan cerca de mí que ya no distingo si es ella o yo.

Y tampoco me importa.

Sentir su presencia es sentir la paz, la calma… la serenidad.

Y, a la vez, saber que cualquier emoción es válida.

Ser libre para sentir.

Quizá alguna vez tuve la idea de que la conexión está en los momentos de calma.

Ella me enseñó la gran conexión que hay, también, en cada sentimiento, sea cual sea.

Y en cada circunstancia.

No comprendo aún la relación entre las causas y sus efectos.

Sé cómo sanar enfermedades, y eso ya es mucho, pero no sé crear un efecto determinado.

Ella consigue que no me importe.

Cuando llega, la ilusión se desvanece y me acuerdo de que lo que siento es inmutable. Siempre está ahí, sea cual sea la circunstancia y los “otros” sentimientos.

Me ayuda a escuchar de nuevo y ver que sigue ahí, donde siempre ha estado y como siempre ha sido.

Y sólo lo inmutable refleja la Verdad.

Puedes quedarte en el centro y mirar a ambos lados. Ver la paradoja.

Entonces, ya no necesitas agarrarte a nada, ni dudar de nada.

Convencerte de nada ni probar, ni experimentar.

Entonces encuentras la certeza de lo que es puramente tuyo.

Hay quien lo llama Dios. Para mí, sólo es ella. Y es tan grande que puede que lo sea.

Quién sabe… quizá es la partícula de Dios que es parte de mí.

Puede que le pregunte a Rumi si lo veo por ahí.

Querido amigo, tú la conoces. La has visto casi tantas veces como yo.

Hoy vino a recordarme lo que siento y a darme de nuevo el valor para sacarlo a la luz.

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