Nada en la Maleta

Aprendiendo a vivir

Sin sello de retorno

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A veces, no sabemos que nos vamos cargando con cosas hasta que la maleta empieza a pesar.

Pensamos que la vaciamos en nuestra última escala, pero, en realidad, se nos olvidaron ahí, porque en la escala, en el descanso, lo que menos quisimos hacer fue revolver cosas pasadas.

Algunas se aligeran solas, simplemente con descansar. Pero no todas.

Y pesan.

Entonces, nos alejamos de las situaciones que nos recuerdan que están ahí y hay que sacarlas, pensando que evitar la situación será la solución, sin darnos cuenta de que ya las llevamos encima.

¿Es la situación o somos nosotros? ¿cómo distinguir entre la situación y lo que yo cargo de ella?

¿Cómo saber si otra persona me está haciendo algo o es mi recuerdo de experiencias pasadas el que no me deja ver con claridad?

¿Es la situación la que me produce incomodidad o es mi propia incomodidad la que veo reflejada en ella?

Querido amigo, estas preguntas me hacía otro de más mis recientes amigos.

¿Qué contestar?

Tú sabes lo que hemos aprendido. Y que cada uno tenemos un mundo personal, y gestionamos las cosas de formas diferentes.

Quizá haya formas de hacer y procesar que yo desconozco.

No pude más que decirle mi experiencia y, cómo no, reflexionar sobre qué tienen que ver conmigo estas preguntas.

Que, cuando uno trata de alejarse de algo, de sacar algo de su vida, es porque se ha saturado de esa situación, pero no con los demás, sino con su forma de vivirla.

Es normal que quiera alejarse. Vivir de otra manera.

Necesitamos tiempo.

Que, a los que estamos alrededor, quizá nos gustaría decirle lo que vemos. Ayudar.

Pero nadie más que él, o ella, puede vaciar su maleta.

Incluso, aunque nos culpe a nosotros de su peso.

Y si eso te duele, te mueve, mira a ver, porque quizá hay un peso parecido en la tuya que se agita y levanta la mano al ser nombrado.

Es cansado ir de puntillas con los demás, tratando de no agitar demasiado sus maletas, sobre todo, las que ya están saturadas, por miedo a que estallen o decidan alejarse de ti.

Sé tú mismo, tú misma. Con amor, con comprensión, pero sé tú.

Afronta el miedo.

Ámate.

Ten valor ante las decisiones de los demás.

Aunque sean por algo que tú crees no gestionado.

Creamos este mundo para eso, para experimentar lo que era viajar con carga, y aprender a soltarla por nosotros mismos.

Vivir el momento. Aprender de él.

Aprender a que el contenido de esa maleta vaya rotando solo, cada vez en menos tiempo, hasta que no se llene en absoluto, que las cosas que vivimos las aprovechemos en el momento, tanto las que nos traen alegría como las que nos traen tristeza.

Que podamos mirarlas a la cara y dejar de observar de reojo.

Hoy una compañera hablaba de eso también. De vivir y aprender de la situación.

De encontrarnos a nosotros mismos en ellas.

Que, cada cosa que nos mueve, viene a recordarnos algo que aún tenemos dentro.

Que, si algo nos toca, no son los demás, somos nosotros que nos recordamos lo que aún no hemos soltado.

Y soltar no es abandonar. Es poder mirar a la otra persona y ver nuestro amor en ella, en lugar del rencor.

No todas las situaciones han de mantenerse. No todas las relaciones. Algunas, simplemente, se acaban.

Otras, que pensamos que se acaban, quizá son las que vale mantener.

El amor ayuda a diferenciar. A distinguir un final de una huida.

Y también a comprender que, quizá, la otra persona cargue aún cosas en su maleta.

Cosas que intuimos, pero que no nos corresponden, ni podemos gestionar.

Cosas que sólo podemos amar. Y para amar sin heridas que interfieran, hemos de vaciar nosotros la nuestra.

Ante las preguntas de mi nuevo amigo, sólo pude responder 2 cosas:

  1. Siempre, siempre, es tu propia carga la que te pesa. No la otra persona.
  2. Aunque todo sea reflejo tuyo, no puedes gestionar la carga de otro. No puedes modificar la vida ni la visión de la otra persona. Sólo tu visión sobre ella.

Uno, una, puede ser libre al lado de cualquier persona, porque la libertad real está en el interior.

Y puede estar encadenado, encadenada, en soledad.

Alejarnos ayuda a ver, a encontrar nuestra propia libertad.

Aislarnos por el dolor da tiempo a sanar las heridas.

Y pararte por el peso de tu maleta puede ayudar a no llenarla más, a descansar .

Pero, aunque el mundo cambie, aunque las circunstancias y la gente sean otras y, aparentemente, las cosas ya no estén ahí, cuando quieras volver a caminar, tu maleta seguirá siendo la misma.

Éstas vienen con sello de no retorno, y no las puedes abandonar.

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